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martes, 24 de febrero de 2015

Lo mejor de mi vida: Atlético Alemán

La historia pudo comenzar en cualquier día de mi vida siendo alumno de secundaria, pero inició después de algunos años, cuando estudiaba el cuarto semestre de preparatoria, cuando tenía dudas de mi futuro como estudiante y como ser humano eficiente para una sociedad regularizada. Dudas, eso era lo único seguro, sobre estudios, relaciones afectivas, uso de tiempos, desuso de momentos, pero lo único que no se dudaba era ver y analizar fútbol, devorarlo.

La idea de dirigir al Atlético Alemán surgió junto a uno de mis mejores amigos, hace tiempo, y se refirmó una mañana, después de llegar del gimnasio, con la firme idea de saber a quiénes entrenar: alumnos de nuestro viejo instituto secundario. No había más, habría que empezar y aprovechar el verano del cálido y mundialista 2014.

Fueron quizá 50 niños entre 12 y 14 años, equipos de cinco por partido, y una análisis preciso de cada jugador para ver qué era lo mejor que había. Quedaron alrededor de 30, y todos y cada uno se notaban altamente comprometidos… Pero como era de esperarse, no fue así. Poco a poco fueron dejando al equipo, hasta ser la mitad o menos de la misma, teniendo un verano de esfuerzo, sudor, fútbol, aprendizaje y diversión; todo lo que es el fútbol en la adolescencia.

Fortalecer las reacciones físicas y mentales dentro de una cancha de fútbol, fortalecer los aspectos más vulnerables, explotar lo mejor de ellos mismos, lograr que extrañaran ir a entrenar a la canchita junto a sus compañeros, sus amigos.

Partidos amistosos con triunfos de 14-1, 13-3, derrotas de 7-3, todo estuvo presente durante ese verano, pero sobre todo el buen juicio de fútbol y las ganas de aprender de todos y cada uno de los jóvenes que entrenaban por un sueño.

Una vez iniciado el año escolar, se optaron por observar a los nuevos ingresados y unirlos al plantel, creando así el equipo Junior, un conjunto de jugadores que servirían para que el proyecto no terminará con los graduados en 2015 y no poder volver a jugar más.

Cuando inició el torneo, hubo tropiezos, derrotas, empates y una aparente falta de entendimiento de conceptos del fútbol, pero pasando los partidos se fueron mejorando, se fueron reafirmando y creando un fútbol gustoso para mí y para los que lo desarrollaban dentro de la cancha.

Fue un torneo donde el fútbol se imponía partido tras partido, ambos equipos dominaban un fútbol posicional, comprendían la permutación, regulación, marcaje por zona y diversos factores de juego. Pero, durante el torneo de liguilla, el fútbol demostró su crueldad para con los que lo aman.

Cuartos de final, Junior perdía 2-0 contra Adicción, tercer equipo en la clasificatoria general, logró empatar a dos y en penales el sueño terminó. Las lágrimas estaban por toda la cancha, salidas de los ojos de 9 niños que sólo deseaban una copa en sus haberes. 
Mientras tanto, Atlético Alemán le pasaba por encima al Múnich, con un 3-0.
La semifinal era frente al único equipo que había logrado derrotarnos durante la temporada regular, un 0-1 en la jornada dos, la revancha estaba aquí y era por primera vez benevolente el fútbol con nosotros, pero la tragedia griega comenzó muy temprano.

Un gol por un error en la salida y la impotencia surgía como surgen las llamas de una leña que arde desesperadamente recibiendo oxigeno de lo más vacío del lugar. Un segundo gol o autogol, sigo sin saber qué fue, nos terminó.

Poco fútbol y muchos huevos, eso puedo decir que es mi análisis final.

Pero lo peor llegó después, el momento donde hay que entrar a la cancha y hacer que todos levanten la cara pese a que sientan que las lágrimas sobre sus mejillas pesan toneladas, y que el fracaso que traen acuestas ya les costaba asimilarlo. Puede hablar con ellos, hacer un rondo, como esos que hacíamos cuando entrenábamos, pero sin pelota, y hablar, hacerles saber que el fútbol es tan lindo y que por eso duele tanto, haciéndoles saber que son gloriosos porque la gloria misma son ellos, y teniendo yo que aguantar llorar para no mostrar la debilidad que un líder no debe tener.


Ni un peso, sin lucro, ni un reclamo para con ellos o para conmigo, ni una maldad y ni una deshonestidad, pero con amigos y enseñanzas nuevas que usaré el resto de mi vida, sea cual sea que vaya a ser.

Quisiera agradecer a todos, al profesor Edgar por darnos la oportunidad, a los muchachos que no quedaron en el equipo, y por supuesto a Luis, Yurem, Jair, Chagoya, Julio, Patiño, Oscar, Rodolfo, Emilio, Pablo, Rodolfo, Condelle, Ricardo, Abraham, Ari, Manuel, Diego y sobre todo a David Torres.




Las cosas no se terminan hasta que se olvidan, y esto jamás se terminará, jamás lo olvidaré. Lo mejor de mi vida.



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